martes 12 de diciembre del 2017
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DIVERSIDAD CULTURAL

No todo lo que brilla es oro

Por Pablo Leibson
07-04-2015

Las políticas culturales pueden ser concebidas en un sentido conservador (la reproducción de las condiciones actuales de la sociedad, apoyándose en una concepción atomizada y cándida del poder), o bien, en uno transformador (la modificación de hábitos, costumbres y sentidos sociales, observando cómo se constituyen las dinámicas de poder que existen entre las culturas, en los intercambios entre ellas y en la apertura que todas deberían tener hacia lo múltiple y diverso). En otras palabras, no es que por sí mismas las políticas culturales sean progresistas y de izquierda; sino que depende de las intenciones con las cuales se lleven a cabo.

 

Nos parece fundamental comprender esta cuestión ya que el PRO, a cargo del Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires desde hace ocho años, oculta sus verdaderas intenciones al patinar los fundamentos de sus políticas culturales con citas textuales (o paráfrasis) de la doctrina de derechos humanos. Así, aunque el GCBA plantée como objetivos “el acceso universal a los bienes y servicios culturales”, “el fomento de la diversidad cultural y el multiculturalismo” o “garantizar la participación cultural”, sus políticas en realidad plantean un acceso segmentado a la cultura (teniendo en cuenta el lugar donde vivís y tu nivel socio-económico), el fomento de contenidos con una identidad “global” y mercantilizados y la participación de la sociedad en la cultura, pero solamente en su función de público. Eso evidentemente no alcanza para lograr los estándares planteados por la doctrina de los derechos culturales.

 

La participación cultural, el fomento a la diversidad cultural y el acceso a la cultura va más allá de la posibilidad de asistir a un recital, a una proyección de una película, a una obra de teatro, o a cualquier evento cultural que se realiza en un espacio público y de forma gratuita. Son espectáculos producidos por el GCBA, o bien por productoras privadas con el auspicio del GCBA (en todos los casos, además, cuentan con distintos auspicios privados; el Banco Ciudad es el que siempre figura, pero también se pueden encontrar marcas de ropa, de bebidas, de ONG, etc); se convoca a artistas reconocidos y legitimados por el mercado cultural (en algunos casos, también se incluye en la programación artistas que no han ingresado al mercado aún, como en el caso del BAFICI o el programa Barock, un ciclo de bandas independientes de la Ciudad de Buenos Aires que fue creado ante la demanda de los propios músicos por la falta de espacios para tocar en vivo luego de Cromañon); y la gente es convocada solamente en su función de espectador (vale la pena, en este sentido, remarcar que aunque la entrada al evento sea gratuita, la producción de los eventos, a través de la seguridad presente en los eventos, se “reserva el derecho de admisión y permanencia” del público*). El evento consiste en ir a ver el show de la banda que toca, o la película que proyectan (generalmente, de producción nacional pero que tuvieron un mínimo éxito comercial), o una exposición de artes visuales, o una lectura de poesía; y luego retirarse del predio, donde no hay nada más que el escenario o la estructura sobre la que se expone el objeto cultural que se está llevando a cabo.

 

De esa forma sólo se promueve la función contemplativa de la cultura y el arte; se objetiviza la diversidad cultural en productos que se compran y se venden en el mercado de la cultura; se “globaliza” la identidad de la ciudad. La cultura, según esta percepción (dominante), es vista como una dimensión externa a la subjetividad a la que se accede a través de esa contemplación pasiva; es una maquinaria que reproduce jerarquías y series que se ordenan de acuerdo a un sistema de relaciones de poder que está vigente y no se pone en debate, ni siquiera se menciona. Las políticas culturales inspiradas en esta perspectiva claramente reproducen, como dice Vich**, un sistema cínico -donde “el mandato a gozar” (impuesto por el mercado) ordena y da forma a la sociedad- ya que “todos sabemos que la cultura del consumo no proporciona la felicidad, pero seguimos actuando como si lo proporcionara”.

 

* Sobre esto, existen denuncias presentadas por el Observatorio de Derechos Humanos a raíz de que a varias personas, al intentar presenciar diferentes partidos del mundial de fútbol en la pantalla gigante que instaló el gobierno porteño en la Plaza San Martín del barrio de Retiro (uno de los espacios públicos más tradicionales de la Ciudad), fueron requisados por el personal de seguridad de una empresa privada que los palpó de armas y les revisó mochilas y carteras. También se radicó en la denuncia que no se permite el ingreso a personas indigentes a la plaza que hoy está totalmente delimitada por un laberinto de vallas de contención (http://nuestras-ciudades.blogspot.com.ar/2010/07/buenos-aires-denuncia-contra-el-gcba.html).

 

** Desculturalizar la cultura. La gestión cultural como forma de acción política (2014), Victor Vich, Siglo XXI.

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